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Al borde del mundo

miércoles, 10 de octubre de 2012


«But you will survive somehow,
Because life starts now» ―Three Days Grace.

***
Este ha sido un año de sorpresas, sin duda. No sé si estarás de acuerdo conmigo, trovador contemporáneo, pero al menos para mí lo ha sido. A veces me sorprendo pensando mientras voy caminando rumbo a clases, ¿qué estarás haciendo? ¿Estarás en tu casa? ¿Estarás fuera? ¿En qué estarás pensando? ¿Cómo te vistes? ¿Hace mucho calor?

Otras veces me imagino que tú haces lo mismo y me siento decepcionada por el cine de mala calidad que mi vida real puede ofrecer a tu imaginación. Te imagino pensando en mis pasos exactos y rutinarios, una apuesta arriesgada y en sí halagadora, pero también algo triste. Otras veces mi imaginación llega más lejos y me río de mis propios pensamientos, como quizás tú te rías de los tuyos.

A veces pienso que el tiempo y la tecnología avanzan, pero que las personas seguimos iguales. Piensa en algunos siglos atrás. Quizás esto hubiera sido lo mismo. Un extranjero y una forastera. Solo cartas, quizás más lentas, estilizadas y furtivas, cruzando tierras y guardadas con el celo de un dragón que custodia su cueva del tesoro.

Está bien, está bien, quizás alguno de mis genes sepa tocar violín y recitar versos, pero estoy segura de que el resto lo mira con el ceño fruncido y vergüenza. ¡Quemad al cursi! A veces reflexiono y pienso en qué sentirás exactamente, proyectando escenarios en donde aparezco como Lindagirl y salvo al ciudadano despistado y espontáneo de sus propios pensamientos. A veces anhelo con todo mi corazón solo tener la palabra adecuada para el momento adecuado en el instante preciso.

Pero esto es la vida real. Y en realidad, todo esto no es más que divagaciones. Y como toda divagación, comenzó con una idea: ¿Recuerdas que este año se acaba el mundo? ¡Exacto! ¡Se acaba el mundo! ¡Kaboom! ¡Caput! ¡C’est fini! ¡Hasta la vista, baby! Cuando recuerdo ese pequeño detalle apocalíptico, bromeo conmigo misma. ¡Catorce años desperdiciadas estudiando sin provecho alguno! ¡Soy demasiado joven para morir! Je, curioso.

Pero ahora tengo un pensamiento nuevo: Si este año resultara ser el último, si los aliens nos invadieran y nos hicieran guiso, si el mundo explotara,si los polos comenzaran a bailar la conga, si se cortara la luz y volviéramos a la Edad de Piedra o tuviéramos que alimentarnos de rocas para sobrevivir, poco habría valido la pena.

Excepto algo.

Sí… ¡Las historietas de Batman!

No, ya en serio. Tú, pequeño y silencioso fantasma. Quizás sean solo días, horas, minutos, quizás no lleguen a transformarse más que en instantes ni en más que destellos. Pero mientras me abducen los aliens, ten por seguro que, a la vez que intento zafarme, estaré pensando en ti. Mientras la Tierra explota y piense todas las novelas, autógrafos, guiones de cómics y juicios brillantes que no habré logrado realizar nunca… mi corazón recordará que me crucé en tu camino y me enamoré de ti. Que me entregaste tu corazón de vagabundo desordenado y de escritor intenso.

Y así como París bien valió una misa… El amor de un fantasma bien valdría una vida.

Pero esperemos que los Mayas se equivoquen, ¿no es así?

¿Acaso podría ser de otra forma?

jueves, 27 de septiembre de 2012

¿Acaso creías que te había olvidado? Ni un solo segundo siquiera, eso no deberías ni concebirlo. Pero eso ya lo sabes ¿no? Al menos deberías hacerlo. Y así como esta certeza de lo que siento por ti está enterrada en lo más profundo de mi alma, también lo está otra: que existen muchísimas dificultades.

No solo las obvias, aquellos números y metros que se vuelven brisas frías y aquellos miedos que a cada uno lo hacen retroceder y avanzar a la vez. Hay muchas otras. Errores, problemas, inconvenientes, dilemas. Pequeños detalles que abarcan horas y que parecen separar lo que hemos tratado de unir. Un día, dos, tres o más en que tal vez ninguno sepa del otro. Días que se vuelven grandes ansias y ansias que se vuelven obsesiones. Las dificultades siempre existirán.

Pero no es eso lo que quiero decirte hoy: Lo que hoy quiero decirte, es que no me importa. Tal vez haya ocasiones en las que el silencio se apodere de nuestras vidas con la fuerza de su tiranía y otras en que las palabras revoloteen a nuestro alrededor como plumas cosquilleantes. Pero seguiré siendo la misma y seguiré sintiendo lo mismo. Jamás temas, si es que lo haces, que alguna dificultad podría apagar aquello que ahora arde como un fuego divino.

Alzo mis ojos hacia un techo que no responde a la fuerza de mi inspiración y sonrío, esperando que algún espíritu bondadoso, un ángel aburrido o un fantasma de paso recoja ese fuego, ese amor, esas ansias, esa felicidad y buenos deseos y lo transporte allá, donde tú estás, quizás mirando un techo similar, quizás saboreando la brisa salina de otras tierras.

Espero tan solo no olvides lo que trato de transmitir con la fuerza única de las armas que tengo en mis manos: las palabras, aquellas seductoras compañeras que fueron la que juntaron nuestros caminos. Y son ellas las que ahora también vuelven a afilar sus hojas para atacar el miedo y la inseguridad que siempre se anida en lo más profundo de la mente. Conocemos el valor de las palabras, sabemos que pueden construir barreras, puentes, que crean y destruyen mundos, que se quedan grabadas, que duelen y nos hacen sonreír. Cree en ellas.

Porque son ciertas. Porque si quisiera que supieras tan solo dos cosas, si quisiera que recordaras solo dos cosas y que nunca más las olvidaras serían: Que eres perfecto tal cual eres, con virtudes y defectos y que te amo cada día que pasa. Espero sepas disculpar la insistencia, la ridícula dulzura, el incoherente romanticismo, pero no sé de qué otra forma puedo expresar lo que ahora llena mis pensamientos.

Seguro entiendes lo que digo. Espero también recuerdes que no necesitas correr demasiado. Sigue corriendo, samurai, pero no te apresures. Sabes que cuando llegues, cuando puedas llegar, cuando quieras hacerlo, cuando el destino y las mundanas banalidades de la vida y la traicionera tecnología lo permitan... Yo estaré aquí, esperando, con una sonrisa en el rostro. Sí, seguro reíste con cada palabra, burlón de mi sensibelería, pero después de todo, hasta los más valientes, duros y resistentes tienen una debilidad.

¿No es así, mi querido hechicero… Elio?

Ansias

viernes, 21 de septiembre de 2012

Contar las horas: el ejemplo excelso de una actividad inútil y desgastadora. ¿Qué provecho puedes sacar de ver las manecillas del reloj ―que, por supuesto, tampoco ves, ya que es digital― y tratar de sacar la cuenta de cuánto queda? ¿De temer que la hora haya pasado y de que nada ha sucedido? «Nada más patético que un abogado sacando cuentas», te dijo un profesor una vez. Aunque tu sendero profesional apenas comienza, parece que los defectos del oficio ya se están adhiriendo a tu piel.

No temas. Deja que el río del tiempo y las circunstancias fluyan por sí solas y déjate llevar por esa corriente. No condiciones tu cuerpo y tu mente a un dolor que todavía no has sentido o a un paso en falso que todavía no has dado. ¿A qué viene temer lo que no ha ocurrido todavía? ¿A qué viene devorar tus uñas ―nutritiva actividad― por el pensamiento sin sentido de una pérdida que todavía no sucede? ¿A qué viene ese corazón acongojado y esa ilusión hinchada? ¿A qué viene ese amor desenfrenado, esa añoranza casi dolorosa?

Lo sé, lo sé, pequeña criatura. Sé que eres un ser acorralado y curioso, que no entiende lo que siente, pero lo vive con la fuerza que solo una ermitaña puede tener. No temas todavía. Deja que el tiempo corra un poco más, alimentando esa desesperanza y esa ansía inexplicable. Deja que tu corazón lo extrañe un poco más y enfría tus pensamientos, que puedes quemarte con ellos.

Ama y teme menos. Porque un alma que vive con miedo, aún si es inflada por el cariño y el amor, solo se resquebraja con más facilidad. No temas, pero aférrate a la esperanza, porque ella es la única que entenderá tus lágrimas y compartirá tus sonrisas.

Junto a aquel que elegiste amar, por supuesto. Y espera, porque si quiere venir, lo hará y ni siquiera tú podrás impedírselo.

«Te extraño, Rurouni, aunque solo hayan caído algunas hojas de los árboles cercanos».

Rey de Ítaca

miércoles, 19 de septiembre de 2012

Vivir el día. No pensar en el mañana. No pensar que las cosas acaban. No importa. Hoy existen. Hoy viven. Hoy ella es feliz. Su corazón latía algo cansado, mientras tragaba saliva y un temor pegajoso se apoderaba de ella lentamente, casi de forma inconsciente. Las horas pasaron y con ellas, los quehaceres que tenía pendientes empezaron a acumularse, mientras también cientos de ideas se arremolinaban en su cabeza. Ideas y sensaciones.

"Tiene un correo nuevo".

Bum. Bum. Bum. Bum. Bum. «No…» Aquello tan repentino y temprano no podía significar nada nuevo. El miedo esta vez se alzó como un monstruo dispuesto a devorarla entera, sin piedad ni compasión. «¿Lo habré enviado demasiado pronto? ¿Todo habrá acabado? ¿Habrá pasado algo? ¿Estará bien?» Tenía que estarlo, tenía que estarlo, tenía que estarlo…

¡¿Por qué el Internet carga tan lento?! ¡¿Por qué todo debía ser más difícil en aquellos momentos?! Finalmente, la página acabó de cargar y el alma se estremeció en su interior, mientras se mordía las manos con fuerza. Acabó de leer en solo un par de segundos y, al terminar, apoyó la cabeza en la almohada y sonrió. Sonrió más fuerte de lo que recordaba haberlo hecho. Todo estaba bien. El monstruo se replegó nuevamente a las profundidades de la mente y ella cerró los ojos otra vez, con el corazón dando brincos de felicidad.

«¿Cómo podría olvidarme de ti, rey de Ítaca?» Todo estaba bien. Otro día que valía la pena haber vivido. Otro día en que Penélope podía seguir tranquila, aguardando la llegada de su amado a través de los mares.

«Te amo. Te lo dije»

Del otro lado

sábado, 15 de septiembre de 2012

Me acerco, pero sé que no podré pasar al otro lado. Es imposible. Allí no importan las intenciones, los orígenes, los pensamientos o las palabras. Hay algunos que están de un lado del velo y algunos que están del otro. Y, de vez en cuando, en algún punto de aquella cortina de niebla impenetrable, dos personas se encuentran justo en el medio, casi tocándose, pero sabiendo que se encuentran irremediablemente separadas.

Pero casi puedo sentirlas. Casi puedo ver sus sonrisas durante las mañanas y casi puedo sentir la sal de sus lágrimas durante las noches. Casi puedo notar que están allí, a tan solo centímetros, a mi lado, esperando que de el paso para atravesar. Casi.

Pero todos sabemos que es imposible. Y cuando puedes notar el dolor que vibra al otro lado y que el sufrimiento los devora lentamente, pero sigues sin poder cruzar el velo, puedes sentir la impotencia y la desesperación comenzando a embargarte. ¿Qué más puedo hacer? ¿Qué más puedo hacer? ¿Qué más que tratar de atravesarlo, de golpear mi cuerpo contra esa etérea nada increíblemente sólida y azotarla hasta que ya no queden fuerzas?

¿Qué mas puedo hacer al final del día sino dejarme envolver en el velo y gritar hasta que la garganta arda y sangre? ¿Qué más puedo hacer sino ofrecer promesas que no rescatan vidas? Sé que están al otro lado del velo y que los quiero. Sé que sufren. Sé que necesitan ayuda. Pero no puedo cruzar.

Y tú, querido guerrero errante y domesticado, ¿puedes sentirme? ¿Puedes notar que estoy aquí, a tan solo un velo de distancia, del otro lado, tratando de atravesar y tenerte a mi lado?

Espero tengas paciencia...

jueves, 13 de septiembre de 2012

Espero puedas esperar un poco más. No es mucho lo que pido: solo unas cuantas horas, unos cuantos minutos, unos cuantos segundos, para que la montaña de papeles desaparezca y solo estemos tú y yo. O tú y el viento. O la ilusión y yo. En medio de esas cosas parece que estamos ambos.

Las palabras se transforman en unicornios ¿no es así? Todo parece pegajoso y de forma de algodón. Es una de las cosas que aprendí a amar de ti: que puedes hundirte en ese mar de hojuelas con miel y escupirla. Que puedes ofrecer la rosa con una mano y beber un sorbo de vodka con la otra.

Es tonto, ¿lo sabes? Caminar por las calles de lugares tan lejanos y pensar en cómo serán las calles al otro lado del mundo. Imaginar cuál será la forma de tus huellas o el ritmo de tus pasos. Imaginar lo imposible y dejarlo simplemente flotando en pensamientos cálidos y sonrisas que nadie entiende.

Tendrás que esperar para el reto prometido, donde cobraré la promesa realizada y me convertiré en la Inquisidora que te arrepentirás de haber invocado. O quizás simplemente te sientes en el banquillo de los acusados con una sonrisa desafiante y un cigarro en las manos.

―¡Tú dale!

Ya siento que las palabras me tironean hacia un mundo rosado, de desodorantes ambientales y frutillas flotantes. ¿Podrías tironearme hacia el otro lado, el de los gritos ridículamente guturales del rock, el de los magos furiosos en las colinas, el de los gatos y el de ilusiones anchas como globos rojos?

Hoy es un día de transición y el último de la montaña de papeles universitarios, al menos por una semana. Miro hacia un punto indefinido de tus letras y no puedo evitar que una sonrisa se apodere de mis sentidos. Pero vuelvo la vista hacia las paredes blancas que me rodean y hacia las tristezas dolorosas de aquellos que quiero y me aplastan contra la realidad. Son aquellos lamentos que no puedo calmar ni siquiera con tinta.

Si todos ellos supieran que las lágrimas manchan mis buenos deseos cuando intento tenderles una mano que nunca es suficiente para sacarlos de los surcos de tierra en que han caído. Si todos ellos supieran que alguien sin rostro sufre por su dolor... Y nuevamente, la Reina de los Desvíos, ataca con todo su poder y envía a sus ejércitos a combatir en este escrito. Esto es sobre ti, no sobre ellos.

Pero también esas palabras se aplican a ti, adorada sombra gruñona. También sangro por tus ojos tristes que jamás he visto. Si realmente me pongo a pensar, no tiene ningún sentido. ¡Qué locura irracional la de sentir el corazón apretarse por la melancolía arrebatada de una sombra! ¡Qué locura irracional la de sonreír ante las palabras de un fantasma!

Qué locura irracional, qué mágica tontería. Pero no la cambiaría por nada, aunque ni siquiera sé lo que es realmente ni cuándo empezó a tocar la puerta de mi conciencia. No sé siquiera lo que digo, en realidad. A veces la culpa me abruma, la culpa de no poder hacer más por aquellos que quiero, la culpa de que estás allá, esperando que las palabras enciendan fuegos artificiales en el cielo mientras que solo han logrado encender una pequeña vela en la oscuridad.

Espero puedas esperar un poco más, donde reuniré el fuego suficiente para encender esas bengalas. Por ahora, solo puedo cerrar los ojos y sonreír ante un retrato difuminado que cambia de forma y susurrar por lo bajo que eres cuanto amo y de cuanto quiero aferrarme en este camino. Ojalá no fueran solo latidos, palabras y temblores. Ojalá pudiera ofrecer más que trazos y verdades. Ojalá pudiera ser más.

Ojalá puedas esperar un poco más hasta cuando pueda mirarte a los ojos, tartamudear tu nombre, decir lo que ahora son solo latidos furiosos y escuchar tu risa clara ante la cursilería que chorrea por la pantalla y deforma la mueca sarcástica que estás formando en un atisbo de ¿tal vez ternura? ¿tal vez condescendencia?

Por ahora... espera mi mensaje que llegará tan pronto como la montaña de papeles se disperse en los vientos de septiembre. Mientras recuerda no enamorarte tan pronto de la primera escultura soleada que cautive tus ojos. Yo, por mi parte, juro solemnemente que trataré de alejar las frutillas flotantes, los arcoiris callejeros, los unicornios de boinas rojas y los "te amo" que brotan como la hierba que hace cosquillas en los pies.

Honestidad (II)

domingo, 9 de septiembre de 2012

―He tomado una decisión ―anunció Aillea ante el Consejo. Esperaba que ninguno de los tres sujetos que la rodeaban en la mesa circular notara el cansancio en su rostro o el rastro de lágrimas en sus mejillas, pero no podía preocuparse particularmente de esos detalles. Sabía con exactitud las reacciones que estaba despertando, pero si se ponía a pensar en los “qué diría” de la situación, nunca podría llevar adelante su plan.

R estaba furioso, como siempre. Consideraba el mensaje entregado una humillación y una insolencia, un insulto infame a la inteligencia y el honor de La Agencia entera. Ardía en deseos de conseguir una autorización para un ataque frontal, más para defender su propia reputación que por buscar venganza en nombre de su superiora. Lo había incluido en el Consejo por su innata capacidad para meterse en problemas y tomar decisiones rápidas, pero en aquellos momentos, Aillea se preguntaba en qué pensaba cuando hizo algo así.

Igor permanecía inmutable, analizando todas las opciones posibles. A diferencia de R, pensaba en el futuro de La Agencia y en los inevitables cambios que se avecinarían cualquiera fuera el camino tomado. Su distancia y frialdad profesional lo destacaban como un buen estratega, pero era poco entendedor de los hombres, acostumbrado a tratar con cifras y órdenes. Muy distinto a Tajem, sin duda.

El gato consejero destilaba sabiduría y prudencia y su agudeza era una de las más apreciadas en La Agencia. Aillea estaba segura de que él ya sabía que lo iba a decir y ya había considerado el plan de acción que propondría. La Jefa confiaba en que entendiera no solo la externalidad de su decisión, sino también sus motivos más profundos. «Espero que entienda por qué estoy haciendo esto».

―Luego de leer el mensaje con cuidado y de tomarme el tiempo suficiente para ordenar mis ideas ―carraspeó un poco―, he decidido que la mejor estrategia será enviar otro mensaje.

―¿En serio? ―saltó de inmediato R con sarcasmo levantándose bruscamente de su asiento―. ¿Acaso a esos extremos ha llegado nuestra humillación? ¿Nos provocan y solo respondemos con un mensaje?

―Siéntate, R ―ordenó la mujer con frialdad―. Si no puedes entender las reglas básicas de esta relación, tendré que pedirte que te retires. Existen protocolos a seguir que no pienso romper. ―Se apoyó en el escritorio y soltó un suspiro―. Merecen respeto y respeto les daremos.

―¿Eso no tendrá relación con su confesión? ―inquirió Igor. Aillea sintió que el corazón le daba un vuelco, pero observó a su consejero con una mirada impasible―. Eso no es cualquier cosa, ¿no es así? Dejó de ser un mero protocolo desde el momento en que ellos utilizaron esa carta.

―Un truco indigno y despreciable ―soltó R con odio en su voz.

―Sabes que La Agencia responde completamente ante ti ―continuó Igor― y que has compartido muchos secretos con ella. No es un misterio para ninguno de nosotros tu falta de hostilidad hacia los tres hermanos.

«No sigas por ahí, Igor», rogó la Jefa en su mente, pero tampoco alzó la voz para evitarle continuar hablando. En realidad, era completamente inútil, ya que el Consejero tenía razón: La Agencia conocía sus secretos, para eso había sido creada. No tenía demasiado sentido mentirles a ellos, aunque le hubiera encantado.

―¿Responderás a lo dicho por Ulises? ¿O continuarás en la guerra con los hermanos?

―Todo es uno. Lo dicho por… ―tragó saliva― Ulises es parte de los tres hermanos. ―Trató de mantener firme la mirada mientras se enfrentaba a Igor, pero aquello empezaba a irritarla―. ¿Qué insinúas?

―¿Por qué no nos lo dices tú?

―¿Dejarías de responder mis preguntas con otras preguntas? ―gruñó ella, sintiendo que su paciencia comenzaba a acabarse.

Igor soltó una suave risa y asintió con la cabeza. Conocía su lugar y, aunque le parecía una pérdida de tiempo aquella farsa, debía respetar los deseos de la Jefa, que por algo lo era. Juntó las manos sobre la mesa y, luego de mirar a sus compañeros, alzó la voz:

―¿Sientes lo mismo?

―Eso no es de tu incumbencia, consejero. Y de todas maneras es algo irrelevante ―mintió ella con serenidad, enorgulleciéndose de que su voz y su mirada no vacilaran ningún instante. Esperaba que los oídos de Tajem no fueran lo suficientemente desarrollados como para escuchar su respiración o su ritmo cardíaco.

―¿Alguien más tiene preguntas estúpidas que compartir con nosotros?

―Déjame ver si entendí ―intervino R con un tono de voz más moderado de lo usual―. Nos convocaste a los tres para avisar que enviarás otro mensaje. ¿A nadie más le parece absurdo? Si solo quisieras mandar un mensaje, ninguno de nosotros estaría en esta sala.

Aillea sonrió por primera vez desde que los había mandado a llamar y sacó desde uno de los cajones de su escritorio tres pequeños cofres de madera.

―Porque vamos a jugar a la búsqueda del tesoro. ―Se aclaró un poco la garganta y continuó su discurso―: Ocultarán estos tres cofres en tres lugares distintos que yo indicaré. Dentro de cada uno habrá mensaje. Además, deberán entregar un mensaje personal, un mapa que ayudará a los tres hermanos a encontrar la ubicación de los cofres y un tablero de ajedrez con… espero estén anotando… las siguientes posiciones:

1. Peón en A5
2. Peón en H5
3. Peón en E8.

―Las ubicaciones de los cofres, ¿no? ―intervino Tajem con perspicacia―. ¿Qué habrá dentro de cada uno de ellos?

Aillea no respondió inmediatamente y sacó tres sobres iguales. Cada uno de los sobres contenía un mensaje que no le revelaría a sus subordinados, pero que recordaba perfectamente. El primero era el más largo de todos:

”El ancla lloró amargamente al ver que el barco deseaba marcharse y dejarla abandonada. Pero ella sabía que debía permitirle marchar para cumplir sus sueños. El barco ha regresado y el ancla llora de felicidad. ¿Debe temer que la historia se repita y resignarse a que el barco se marche otra vez a recorrer mejores mares?”

El segundo era, sin lugar a dudas, el más importante de todos y el que se arrepentiría de enviar si no lo hacía pronto. Era un pequeño acertijo que, no lo dudaba, resolverían con bastante rapidez. Solo esperaba no estar cometiendo un error. Aillea reflexionó por unos instantes: ¿qué pasaría si todo salía mal?

Susurro #22, doceava línea. ¿Quién dice que no puedes ser tú?

El tercer mensaje era más bien una bandera blanca de paz o un olivo. Una pequeña ayuda en agradecimiento por la arrasadora sinceridad que habían usado en su contra.

Traducción del francés: “I still trust you”.

Sacó otro sobre, un poco más pequeño en donde un peculiar mensaje estaba escrito. En su encabezado rezaba lo siguiente:

“A = Z; B = Y; C = X… Leer solo si has encontrado los tres cofres”

El cuerpo del mensaje era simplemente ilegible. Al menos para quienes no hubieran seguido la instrucción del encabezado.

Givh xlhzh jfv jfvirz wvxri vhgzn vn olh xluivh. Kilyzyovñvngv nl ufviz oz ivhkfvhgz jfv jfvirzh, kvil ufrhgv gf jfrvn qftl oz xzigz wv oz hrnxvirwzw. Xzwz ñvnhzqv gizv fnz kilufnwz zovtirz, kvil gzñyrvn vo ñrvwl wv jfv hvz vo fogrñl. Ñzowrgl hvizh hr nl ñv xivvh.

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Zs, b nl vivh fn xlyziwv l fnz uifgz b nl ov wvyvh uzelivh z nzwrv. Yfvnl, z ñr hr ñv wvyvh fnl:


Nl gv ezbzh. Nl glwzerz, ¿vhgz yrvn?

―Ninguno de ustedes necesita saber el contenido de los mensajes. Deberán limitarse a colocar los cofres en las posiciones acordadas, entregar el mapa, el tablero y el mensaje personal. ¿Alguna pregunta? ―dijo la Jefa tratando de controlar el dolor de cabeza que le impedía concentrarse del todo.

―Sí, ¿qué pasará luego de que entreguemos estos mensajes? ―preguntó R con una mirada de impaciencia. Era evidente que le molestaba profundamente el no poder saber el contenido de los mensajes. La Jefa se tomó un par de segundos para responder esa pregunta.

―Supongo que lo sabremos en tres días. ―Trató de aclararse un poco la garganta―. Pase lo que pase, La Agencia seguirá funcionando, de eso no les quepa duda. ―Temblaba un poco, pero su determinación se dejaba traslucir en sus palabras―. Lo hemos hecho antes, podremos hacerlo de nuevo.

Aillea no dio pie a réplica y con un movimiento tajante les pidió a todos que se retiraran con las cosas. Tajem se quedó atrás, ya que esa tarea no le correspondía, pero vigiló con sus ojos ambarinos cómo Igor y R salían de la oficina principal, dando voces al resto de los empleados para cumplir la orden que, a regañadientes, debían acatar.

Cuando todos se marcharon, la mujer se dejó caer en el sillón y bajó la cabeza con abatimiento. Apenas podía concentrarse por el dolor que sentía martilleando sus sienes, pero, en un modo quizás retorcido, lo agradecía, porque no quería pensar en todo lo que se avecinaba. Sintió como, contra toda voluntad, volvían a humedecerse sus ojos y solo sintió rabia contra sí misma.

«Soy un ancla». Aquello era un error. Los tres hermanos solo estaban compitiendo en un juego, no esperaban respuestas definitivas. No esperaban sentimientos o debilidades, solo querían misterios que resolver y expectativas que cumplir. «Ellos no quieren saber qué siento, solo quieren divertirse», pensaba con un dejo de amargura. Sacudió la cabeza. No, claro que no. Ellos no eran así, era solo que…

A penny for your thoughts? ―preguntó Tajem con algo en su expresión que parecía ser una sonrisa. La Jefa sonrió al ver que utilizaba una expresión inglesa en lugar de su traducción, pero guardó silencio―. No existen los milagros, Aillea.

―Lo sé ―dijo ella con la voz quebrada en al menos cinco partes. Apretó los ojos y se negó a mirar al gato consejero―. ¿Esto es un error, Tajem? ¿Debería…?

―… ¿Ignorar lo que sientes? ¿Ignorar que esto te importa? ―completó él, subiéndose al escritorio y acomodándose encima de los papeles a solo centímetros de ella―. ¿O acaso te arrepientes de haber sido sincera?

Ella rió sarcásticamente.

―Es probable que no me crean. ―La amargura era evidente en su voz―. Quién sabe qué van a pensar, pero seguramente no será bueno. ―Tomó la parte final de la historia, donde Eric había dejado un breve mensaje y se maldijo por mancharla con lágrimas―. ¿En qué irá a terminar todo esto? ―Sonrió, comiéndose la tristeza―. ¿A cuántos más lastimaré? ―Su sonrisa se acentuó―. ¿Cómo es que lo llamaría mi profesor? ¿Complejo de narcisista? ¿Creer que todo es tu culpa, porque te crees capaz de todo?

El felino no respondió y observó a la chica empequeñecerse en sus propias emociones. Sintió lástima y compasión, pero también comprensión. Ella nunca corría riesgos, siempre mantenía todo bajo control y dirigía la Agencia con firmeza, pero era tan vulnerable como cualquiera cuando se trataba de sí misma.

«Chico astuto», pensó otra vez Tajem. «Me pregunto si te das cuenta de lo que estás provocando».

―¿Qué es lo peor que podría pasar? ―preguntó el consejero en voz baja.

El gato consejero sabía por qué ella no respondía. Estaba sumida leyendo por quinta vez la historia que había provocado el revuelo en toda La Agencia. Lo sabía, porque podía notar cómo luchaba por contener un sollozo. Suspiró.

―¿Por qué lloras?

¡Se le ocurrían tantas respuestas! Por el dolor que estaba causando, por el miedo que sentía, por la esperanza que la estrujaba contra sí como una mano de hierro, por la lejanía o la cercanía, por lo imposible. Pero nada de eso tenía sentido ¿o sí? ¡Qué importaba todo! ¡Qué importaba lo que sintiera! «A mí me importa, idiota», se recriminó para luego soltar una carcajada.

De nuevo, nunca dije nada de una relación. Solo amar a alguien…

Quizás allí estuviera la respuesta a todo, aunque los párrafos siguientes destruyeran todos sus pensamientos. Solo hacerlo. Sin pensar. Estúpidamente. Cerró los ojos y se enjuagó las lágrimas con una sonrisa rota.

―Porque soy solo una sombra que quiere a otra sombra ―Le guiñó un ojo y se levantó de su asiento. Necesitaba descanso desesperadamente―. Y ni siquiera soy una sombra muy bonita. ―Soltó una carcajada y, sin esperar respuesta de su consejero, que también sonreía, desapareció entre los pasillos de La Agencia con lágrimas nuevas derramándose por el suelo.

Anagramas

viernes, 7 de septiembre de 2012

El detective se toma una última taza de café y se pasa la mano por el cabello canoso, mientras revisa una y otra vez sus apuntes. Nada parece tener sentido, pero está seguro de que hay un mensaje esperando allí, oculto, por su entendimiento. La coincidencia es demasiada para ser real. Todas las letras coinciden ―las erres, las eses, las ges, las enes― exceptuando una:


"U"

Esa infame letra es la única que rompe todos sus esquemas. Todas las demás coinciden perfectamente, aunque todavía no descifra cuál es el verdadero mensaje que ha sido desordenado para formar un nombre. ¿Acaso será solo paranoia? ¿Estará viendo pistas donde no las hay, cegado por demasiadas series de televisión?

Y esa "u", ¿por qué está ahí? ¿acaso es solo otra coincidencia? ¿o es una huella burlona de una mente trastornada y maquiavélica? El reloj marca las 3.34 de la madrugada y el detective sabe que esa noche no dormirá en lo absoluto.

Se toma otra taza de café ―¡esta sí es la última!― y vuelve encorvarse su escritorio a enfrentarse con el secreto.

Jaque (I)


***

―Esto no puede estar bien ―gruñó R―. Esto simplemente no está bien. ¡Esto es una trampa! ―Lanzó un puñetazo al aire para posteriormente hacer lo mismo contra la mesa―. ¡Es una trampa! ¿Cómo no puedes verlo? ¡Es una jodida trampa!

―Te escuché la primera vez ―susurró con frialdad la mujer. Apenas podía contener una sonrisa desafiante, pero un rastro de preocupación y tristeza velaba sus ojos. Estaba apoyada contra la ventana, mordiéndose uno de los nudillos de la mano derecha y uno de sus pies golpeaba el suelo rítmicamente―. Y en realidad, dudo mucho que estés pensando con sensatez.

R lo miró con una expresión de incredulidad y casi de dolor por aquellas palabras. No podía creer que su jefa ―¡ella de todas las personas!― estuviera de verdad considerando volver a esa guerra. Sabía que las cosas habían estado algo lentas últimamente en La Agencia, que había semanas en donde ninguno había tenido más trabajo que la de observar los días pasar como gusanos sobre la tierra.

¡Pero aquello era demasiado!

―Te está engañando para que creas que las cosas están bien. ¡Es un espía, Aillea! ¿Lo recuerdas? E-s-p-í-a. ―La mirada dura y penetrante de su superiora lo cortó un poco, pero no se amedrentó―. Es un jugador astuto: te usará como su juguete para luego burlarse de ti.

―Eso no es cierto.

―Solo te estás cegando. ¡Quieres creerle! Sabes cómo es Zoe. Ella tomará el control y te hará pedazos.

―Él no es así. ¡No lo conoces!

―¡Tampoco tú! ¡Ingenua!

―¡SUFICIENTE!

Ella se levantó, temblando de furia e indignación como un volcán encendido. Un silencio incómodo y pegajoso se instaló entre ellos, pero ninguno bajó la vista durante largos segundos. Aillea apretó los dientes e hizo el gesto que R estaba esperando.

―Lárgate. No quiero verte hasta que yo te lo ordene expresamente. ¿Quedó claro?

―Sí, señora.

―Márchate.

El hombre se lo pensó algunos segundos y durante unos instantes bastante tensos, pareció que él haría algún comentario adicional, pero finalmente se limitó a marcharse con un paso rigido y un portazo bastante elocuente. La mujer respiraba con cierta dificultad por el arrebato de cólera que había sufrido, pero aún se sentía demasiado enojada como para analizar cuidadosamente qué hacer a continuación.

Observó con una mezcla de congoja y alegría el pequeño chip que estaba sobre la mesa. Maldijo nuevamente a Zoe, a R, a Igor y a todos los que la rodeaban y tarde se dio cuenta que sus maldiciones no iban contra el único culpable. Había elegido esa vida. La Agencia no era una institución cualquiera: la había construido con sus propias manos, convocando a sus aliados con trabajo y esfuerzo.

Pero no le había dedicado el tiempo suficiente, en especial últimamente. Podía excusarse con mil razones distintas, pero la realidad era evidente y sus empleados se habían enfrentado a una época de crisis que todos temían volver a sufrir. Entendía el miedo de R. En un par de horas, estaría Igor, el presidente de la Comisión, presentando la opinión formal del equipo, eso era seguro. Y no estaba de humor para ello.

―A la mierda. ―Dijo con una nota de desprecio―. No voy a responder. Esto no es un juego privado. La Agencia tiene cosas más importantes de las que preocuparse.

―¿En serio? ―susurró una voz suave y peluda desde el rincón de su oficina―. No pretendas engañarte, mi estimada. Y, por cierto, creo que R tiene algo de razón…

―¿Tú también? ―gruñó la mujer observando al felino que la miraba con displicencia desde lo alto de la estantería―. Hazme un favor y…

―… pero estoy de tu parte. Eric no es así. ―De un salto se dirigió hacia ella con un caminar indiferente, pero preciso―. Quizás tu problema no sea él, sino sus hermanos. ―Se detuvo y se sentó, penetrándola con sus ojos amarillos―. La pregunta es, ¿cuán lejos estás dispuesta a llegar? ¿Arriesgarás a tus hombres? ¿Te expondrás a que usen esto contra ti? ¿Estás dispuesta a soportar nuevamente el silencio?

«¡Claro que sí!», quería gritar, pero se contuvo a tiempo. No por nada Tajem era su mejor consejero, pese a que levantara también las más ácidas murmuraciones. Si le estaba diciendo eso, quería decir que había alguna razón importante para ello. Se tomó unos segundos para pensar seriamente en su respuesta, al tiempo que cerraba los ojos.

La Agencia tendría que continuar funcionando. No podía destinar todos sus recursos en aquella guerra privada ―¿lo era en realidad?― contra ellos. Tampoco podía ignorar la oportunidad y definitivamente no lo haría. No podía hacerse la idea de que aquello era permanente: debía enfrentar la realidad y asumir que quizás fuera uno de los pocos intercambios que tuviera con los tres problemáticos hermanos, conocidos por su sigilo y por desaparecer en el momento más inesperado.

Era probable que los tres hubieran gestado todo eso, incluido el mensaje grabado para amedrentarla, ilusionarla y sacarla de la competencia. Una técnica casi de libro, recordaba haberla estudiado en La Academia LR en los libros de texto, riéndose por su carácter tan básico. Sonrió con ironía. Aparentemente, lo más básico y primitivo era lo más efectivo. ¿Podía La Agencia sobrevivir a otra treta parecida?

―Estoy dispuesta, Tajem.

―Lo sé, pero tenías que reflexionarlo mejor. ―El gato gris la miraba con una fijeza que, en las ocasiones más desesperadas, solía intimidarla, pero no apartó la vista―. Ahora, debes ser cuidadosa. Analiza su mensaje y decide en consecuencias. ¿Crees que fue preparado? ―Negó con la cabeza con lentitud―. Tampoco yo, pero no podemos descartar la posibilidad. Las cosas terminaron mal en La Última Redada, ¿no es así?

―Fue culpa de Zoe. Y no fue tan malo… ―Se miró las manos, como una niña pequeña a la que acababan de pillar robando dulces―. Sé que es temporal. Zoe meterá sus manos y Syveles… es la voz de la razón, le convencerán para dar un paso atrás nuevamente. Además… es lo correcto, ¿no es así? Mi Agencia es solo un estorbo para ellos. Soy el ancla del barco, pronto notarán que no les dejo avanzar y volverán a arrancarme de su casco. ―Un tono robótico y, a la vez, amargo destiló en cada una de sus palabras―. R tiene razón… esto es solo un juego, pero... ¿es tan malo querer jugar?

Tajem no respondió a su pregunta ni a los pensamientos en voz alta que su jefa había dicho. Esa clase de divagaciones no tenían la menor importancia. Había una razón por la que ese mensaje había sido entregado, aunque todavía no supieran qué. La sonrisa de Aillea al ver la tarjeta de memoria no había tenido punto de comparación, pero también sabía que la duda la corroería mientras eso dudara.

«Un chico listo ¿no es así? Creo que esto es un jaque. Juega bien, niño, y conseguirás tus objetivos».


―¿Le enviarás otro mensaje? ―preguntó el felino con serenidad―. Supongo que no estás grabando esta conversación, ¿verdad? ―El tono de sarcasmo y burla era demasiado evidente en su voz animal, pero Aillea no respondió a la provocación.

―Sabes que soy de la vieja escuela. ―Sonrió con nostalgia―. Además, no es digno de La Agencia copiar las técnicas de su enemigo ¿verdad?

―Rival ―especificó―. No es lo mismo. Recuerda que ellos creen que eres más lista, haz gala de eso, por difícil que te pueda resultar. ―Tajem volvió a saltar a lo alto de la estantería y murmuró―: Daré el aviso a la Brigada Dragón para que se prepare a salir. Y, mi estimada… ten cuidado, ¿está bien?

La mujer asintió con la cabeza y se sentó en el escritorio. Escribió con una sonrisa vacilante en su rostro, chorreando algo de tinta en la primera línea, insegura y decidida mientras avanzaba:

Si me nombras, desapareceré. ¿Quién soy?

Espero que lo hagas desaparecer seguido. Sigue al tercer hombre de la Brigada Dragón hasta donde te lleve. Quizás descubras alguna sorpresa oculta bajo la tierra. Tal vez solo estoy probándote. Dile a tus hermanos que hacen bien al aconsejarte, pero que espero que no consigan sus propósitos. Algún día nos volvemos a tomar unas copas en el Terremoto. Si me descubres, pago yo, pero me traes la copia que te pedí. Sabes que cobro las promesas.

Por cierto… Debieron tener un curso de francés en La Academia, eso habría solucionado los problemas de traducción. Lo bueno es que tú tampoco sabes.

Tu turno de mover. Jaque, aunque todavía no sé para quién.

«Esto será suficiente». Aillea se preguntó si seguiría la pista del hombre de la Brigada. ¿Se decepcionaría mucho al saber que era falsa? Esperaba que no, aunque tal como iban las cosas… Se apoyó contra el sillón y exhaló un suspiro. La Agencia nuevamente estaba en movimiento, lo que quizás fuera la intención de los hermanos. Nada más que eso: cuando vieran que sus hombres volvían al trabajo, volverían a desaparecer con la bruma.

Pero era un precio que estaba dispuesta a pagar.

What worth the price is always worth the fight ―canturreó Tajem desde lo alto con un ojo abierto sobre ella. Aillea soltó una carcajada ante aquella velada burla. Rompió el mensaje que acababa de escribir en exactamente 11 trozos, unió las piezas y en varios pedazos escribió un par de letras que, unidas formaban una frase.

J'ai confiance en vous

Los metió todos dentro de su ya recurrente sobre firmado y, recostándose otra vez contra su sillón, se llevó una mano a la frente. R le gritaría: 'Te lo dije', luego de presentar su renuncia si todo eso no funcionaba. Una expresión astuta se formó en su rostro. Enviaría a R como el tercer hombre de la Brigada Dragón. Soltó una sonrisita entre dientes ante la idea y comenzó a trabajar en el resto de sus obligaciones, dedicándole un breve mirada a la tarjeta de memoria.

«Tenía que ser él, ¿verdad?».

Espionaje

El hombre abrió la puerta con rapidez y se acercó al mesón. Vestía de forma pulcra y, aunque una mirada seria y disciplinada adornaba sus ojos duros, un atisbo de sonrisa se adivinaba entre sus labios.

―Señora, el objetivo recibió el mensaje. ―Hizo una pausa sarcástica y prosiguió―. Afirmó no tener absoluta idea sobre su significado.

La risa de la mujer se sintió con una suave complicidad en todo el lugar. Bajó la vista un momento y saboreó la sonrisa que se extendía por su cara antes de devolverle la mirada a su subordinado.

―¿Crees que deba explicarle? ―Él no podía responder algo así, ya que no era su lugar, pero el silencio y su expresión sirvieron para sus propósitos―. Déjame adivinar, él cree que estoy enfadada. ―Se recostó en el mullido sillón y observó de reojo la ventana a sus espaldas―. Es curioso, ¿sabes? Porque el mensaje contenía solo un "furiosa". Nunca pensó que era una furia contra mí misma, ¿verdad?

―Tal vez lo haya considerado ―apuntó el agente, cruzándose de brazos por un momento antes de volver a asumir una postura más profesional―. Seguramente lo descartó posteriormente.

«Por supuesto que lo hizo». La mujer soltó un suspiro, entre resignado y nostálgico y comenzó a redactar otro mensaje con trazos rápidos y sencillos, sorprendida incluso por la facilidad con que las palabras fluían en el papel.

"Tu crimen fue ocultarme lo que sentías, pero jamás apunté mis dardos contra ti por eso. En realidad, podríamos decir que todo este circo es culpa mía (y lo lamento) pero es más divertido que lo descubras por ti mismo. Eso es lo malo de ser un buen maestro: que tarde o temprano ganas un aprendiz.

Despide a tus subalternos: si ninguno notó ese sentido en la carta, les estás pagando por nada. Y... por cierto, siempre amé los adverbios. ¿Algún día entenderás mis bromas o tendremos que gastar todo el presupuesto de La Agencia en rodeos?"


―Bastante directo, ¿no lo crees, Igor? ―murmuró ella con un tono burlón mientras metía le mensaje en un sencillo sobre firmado―. Espero puedas llevarlo en persona a su mensajero. Oh... y me gustaría que agregaras algo dicho en forma oral.

―¿Qué desea que le comunique?

―Que cuando acabe su proyecto, lo mandaré matar si no me envía una copia. Y que gracias por la corrección. ―El agente se retiró con un movimiento marcial de sus talones, dejando a la mujer rodeada de papeles y planes con una sonrisa ilusionada y estratégica en sus labios.

Juro solemnemente

jueves, 6 de septiembre de 2012

Se pasea furiosa y tristemente por el reducido espacio mientras observa la carta sobre la mesa, aún tibia por el ardor con que sus manos la sostenían. Siente que las lágrimas van a brotar de sus ojos, pero hace alarde de un orgullo que no posee y las obliga a retirarse de sus ojos.

―Debiste decírmelo antes ―susurra para sí y baja la cabeza con dolor―. Podría haber... ―Se detiene. Sabe que no podría haber hecho nada, pero el pensar en la sola posibilidad la invadía de una culpa casi balsámica.

Sabe que no saldrá de aquella celda hasta haber aprendido cada una de las palabras de memoria y de grabar con cincel en su mente la textura y ritmo de cada letra, pese a que eso es complemente inútil. Ríe al recordar que no entendió la broma de su ídolo. Suspira. ¿Es feliz así?

Es una pregunta interesante, pero ella ya sabe la respuesta. No por nada dicen que si necesitas preguntarlo, es porque la respuesta es negativa ¿verdad? Toma la carta nuevamente entre sus manos, incluido el inesperado anexo y sonríe. Observa que desde la puerta un rostro la espera con una sonrisa incondicional y una mirada de resignación.

―¿Así inicia el camino por el bosque? ―Se encoge de hombros ante la pregunta. Cada uno tiene sus juramentos. El de ella está teñido de tinta, lágrimas, esperanza y, por supuesto, vanos ideales.

En tu honor, la llama no dejará de arder.

Hansel

Trece páginas. Una sonrisa triste. Una ilusión renacida. Un camino que no tenía fin ―¡un camino que debí descubrir yo misma, acusador de desconfianzas! Un halago inmerecido. Esperanzas, esperanzas, esperanzas, noticias que inflan las almas y que forman frases retorcidas en un cuaderno vacío.

―¿Es buena la esperanza?

―Mucha esperanza es mala, poca esperanza es buena. Es tan buena para manipular como el miedo.

Trece páginas. Un pájaro muy varonil ¿eh? Que deberá sobrevolar la vitrina para saber qué cosecharon sus propias tempestades. Sigue las migajas y no te pierdas a través del bosque o finalmente la bruja te atrapará.

Gracias por todo...

... idiota. ¡Y no vayas a devorar las migajas!

¡Albricias!

lunes, 3 de septiembre de 2012

¡Euforia! ¡Alegría! ¡Incredulidad!

¡Estás ahí, estás ahí! Pájaro burlón maldito, apareciste volando cuando menos lo esperaba, cuando las esperanzas empezaban a desdibujarse en mi memoria. "Vuelve", pensaba cada noche. Vuelve, vuelve, vuelve. Sin importar cómo, sin importar por qué, sin importar que haya pasado o lo que me digas. ¡Vuelve!

Y lo hiciste. Euforia. ¡Albricias! ¡Regocijaos en la tierra, porque el día ahora tiene nuevas misiones! Por supuesto que seguiré las reglas, pero necesito paz y tiempo para seguirlas, para tener serenidad en mi mente congestionada, Principito. Hoy sabrás de mí, lo prometo, no importa cuánto me cueste.

Siempre fue en tu honor, ¿sabes? Hasta más tarde, vagabundo.

En tu honor

viernes, 22 de junio de 2012

Debí escribir esto el momento en que recibí tu “querido” mensaje, ¿no es así? Pero no podía simplemente. «¿De qué serviría?», pensaba. Después de todo, tú no estás leyendo, si es que me dijiste la verdad. Aunque no sería la primera vez que me has mentido: tu mensaje rompió una promesa ¿recuerdas? Rompió la promesa que me habías hecho solo pocos días antes y que mantenía mi corazón tranquilo y aliviado.

Debiste decirme la verdad ¿no crees? Así todo habría sido más fácil y quizás habría sido distinto. Pero eso ya no es importante y tampoco es la razón por la que estoy escribiendo esto; creo que te mereces unas últimas ―¿de verdad serán las últimas?― de mi parte, así como tú me dedicaste unas.

Puedo olvidarte con facilidad ¿sabes? Sí, sé que leer eso daña el ego de cualquiera y que te dan menos ganas de volver ―si es que alguna vez lo has deseado―, pero no voy a ocultar la verdad. Mi mente no olvida a nadie, pero mi corazón es una veleta y pasa la página muy rápidamente. No sería distinto contigo, si no fuera porque no quiero hacerlo. Y no lo haré. Es bastante simple, como dices tú. También tengo mis caprichos, también tomo mis decisiones.

No voy a olvidarte y eso lo decidí desde que terminé de leer tu carta y ya las lágrimas habían caído de mis ojos. Pero el problema es que no es fácil tratar con un recuerdo espinoso y sé que no podrás transformarte en un fantasma burlón y acogedor hasta que haya terminado de escribir esto. Mientras, eres una sombra pesada y dolorosa, que recuerda días mejores y que no sonríe.

Es irónico, ¿lo sabías? Es muy irónica. Dijiste que no tenías a nadie que te leyera y eso no deja de ser cierto parcialmente para mí. Te habías convertido en uno de mis «lectores ideales» y confiaba en ti para el futuro. Pensaba en cómo reaccionarías ante una frase o en cómo te burlarías con una descripción. La vida es injusta ¿no lo crees?

Tienes razón: mis sueños son más tibios que los tuyos; tengo prioridades que, aunque muchas veces no las quieras, están ahí, recordándome que existe un mundo real al que tengo que prestarle atención. Un futuro al que tengo que ser leal, aunque parte de mí reniegue de él. Pero te equivocas en una cosa: dudo mucho que tu nivel de evasión sea como el mío. Quizás sean iguales, pero dudo mucho que sea menor. Lo que pasa es que mis castillos en el aire permanecen ahí: en el aire. A diferencia de ti, no quiero bajarlos a la tierra para mostrárselos al mundo, porque no considero que estén lo suficientemente bien construidos como para que alguien les preste atención.

Ahora entiendo por qué no quería volver a leer tu mensaje. Duele bastante y me llena de tristeza. Nunca quise hacerte daño ¿sabes? Eras importante para mí y era tu deber de psicópata entender que nunca he demostrado lo suficiente lo que son las personas para mí. Era tu trabajo entenderme ¿no? ¿Por qué no entendiste eso? O quizás sí lo hiciste, pero no fue suficiente. Lamento mucho eso… No sé si saliste perdiendo más tú que yo. Espero que sea yo, porque no quiero que sufras más por esto.

No te recrimino tu decisión, aunque no puedo decir que esté feliz con ella. No lo estoy y jamás podré estarlo. En el fondo de mi corazón, todavía espero que tu orgullo no sea tan grande y cuando menos lo espere, haya un mensaje tuyo ahí esperando en mi bandeja de entrada. Pero dices ser sincero ―aunque lo dudo― ¿no? Te conoces más de lo que yo te conozco. No quiero creerte, pero los días pasan y tu decisión permanece firme. Debe ser verdad entonces ¿no? Realmente te fuiste.

Y no… la gente siempre asume que tengo dones especiales. «Seguro que ya lo sabías» No tienes idea de cuántas personas me han dicho eso. No, mierda. No lo sabía. Y si lo hacía, era en lo más profundo de mi mente, donde nunca voy. Y eso fue tu culpa. ¡Fuiste tú el que me convenció de que todo estaba bien! Sospeché cuando cambiaste tu Nick, pero me consolaste con palabras falsas. Maldito. ¿Qué costaba decirme la verdad? ¿Qué costaba decirme «quizás me vaya por un tiempo»? Incluso eso me habría dejado mejor.

Pero no, el galán tenía que dejar una misteriosa despedida, cientos de preguntas, sueños rotos y esfumarse sin más.

¿Sabes qué otra cosa es irónica? Que te creo. Que creo cada palabra que me dijiste. Y quizás volviste a mentirme, tal vez para no joderme mucho o por lástima. Pero te creo y no puedo evitarlo. Siempre fuiste sincero. Siempre amaste ser sincero. Pero manchaste ese ideal, amigo. Y eso todavía no puedo perdonártelo.

Más vale que publiques esa jodida novela, viejo, o me graduaré antes e iré a buscarte solo para pegarte una bofetada, que bien merecida la tienes. A ver qué pasa primero ¿eh? Aunque, como ya dije, sigo teniendo la esperanza de que ese orgullo se derrita, aunque sea solo una vez para decir “hola”.

Ahora te odio por hacerme llorar otra vez. Cada vez que leo tu mensaje haces eso. En el fondo, te deseo lo peor por hacer esto… pero, por otro lado, es contrario a mí hacerlo. No puedo odiarte, porque tampoco te lo mereces. Y bueno, sé que no estás leyendo, pero ¿qué importa? Después de todo, yo no escribo para ti.

Pero seguiré jugando y por eso escribí esto. Porque escribir me recuerda a ti, porque ahora odio a Stephen King y espero que los poemas del mundo ardan en una hoguera. Pero seguiré luego de terminar esto, sellaré mis lágrimas y volveré a ser lo que era: tu fiel competidora. Quisiste jugar, pues entonces juguemos.

Te deseo voluntad como lo pediste. Sé que lograrás tus objetivos de un modo u otro y eso me da alegrías, porque sé que llegará el día en que recibiré tu mensaje burlón de: «Gané» y aunque, en el fondo, me joderá que lo hayas hecho, la alegría superará con creces ese fracaso.

Y si te preguntas por lo que sentía por ti… pues «ya lo sabes» ¿no? Sabes que no es lo mismo, pero también sabes que podría haber sido distinto. Impaciente vagabundo. Pero sí te diré algo: eres una de las dos personas con las que prefiero sufrir antes que olvidar. Ojalá no me olvides muy prontito. Enamórate, sí, pero no me olvides. Espero eso sí puedas cumplirlo ¿eh?

Seguiré insultando tu memoria de payaso y gruñendo con tus burlas mentales. Y escribiré, que de eso se trata todo esto. Ya comenzaste la carrera y voy atrasada. Pero quizás la tortuga supere a la liebre otra vez ¿no? O que la tortuga prefiera ver ganar a la liebre con tal de que vuelva. No lo sé todavía; tendrás que averiguarlo.

Y si decides volver… sabes dónde encontrarme. Soy la misma en todas partes.


Hasta siempre, viejo errante.

Y que gane el mejor.
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