―No te voltees ―ordenó la mujer con voz fría y potente. No
era más que un susurro, pero era exactamente el tono que hubiera esperado escuchar
de un general, por lo que rápidamente obedeció. Se puso a mirar los precios de
la leche en polvo con desgana, haciendo los gestos obligatorios de indignación,
pero con las orejas a punto para escuchar.
De reojo pudo ver que se trataba de una señora de casi
cincuenta años, con el pelo completamente blanco y un estricto maquillaje,
aunque más bien discreto. Su cesta de la compra estaba llena de productos y
entre sus gafas, podía ver un par de ojillos marrones severos y decepcionados.
―No te voltees, dije ―volvió a decir, esta vez con algo más
de frialdad―. El mensaje está en la barra de pan que acabas de colocar en tu
cesta. Paga y sal del supermercado. Tienes exactamente ocho minutos o te
degüello aquí mismo.
El hombre hizo todo lo posible por no tragar saliva y
parecer natural ante las cámaras, pero de todas maneras un escalofrío recorrió
su espalda. Un segundo después, la anciana ―¿lo era realmente?― había
desaparecido, dejándolo con una sensación estúpida de cobardía y humillación. Apartando
esos pensamientos, obedeció la orden sin más demora y salió del supermercado
con sus compras. Solo luego de asegurarse de que todo estaba en orden, sacó la
barra de pan, encontró el mensaje y lo abrió.
«A la próxima vez que confíes en la primera ancianita que se
te aparezca en un supermercado, seré yo misma quien te de una paliza. R»
Él soltó una carcajada al ver la inicial de su superiora y
dio un gran mordisco a la barra de pan. Maldito entrenamiento. Malditos agentes
secretos. Malditos clichés de televisión con repetidas frases de espías. Lo
habían engañado como a un chino.
―Te lo mereces, guapetón ―dijo la anciana de mirada severa
al pasar por su lado. Esta vez lucía una enorme sonrisa y una pistola
disimulada en su cinturón. Las cosas no eran como en las películas, de eso no
cabía duda. Nadie se te acerca en un supermercado con las instrucciones para tu
misión.
Pero casi.
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