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Fantasma: Escríbeme un doce de septiembre

jueves, 12 de septiembre de 2013

«Escríbeme».

Olvidemos por un instante que somos aprendices. Que intentamos escribir. Olvidemos las reglas. La estética. Olvidemos por un segundo los desafíos rotos y las promesas heridas. ¿Recuerdas lo que escribiste esa noche? ¿Recuerdas cómo cada letra era un paso, cada palabra una sonrisa? ¿Recuerdas lo que siguió? No ha pasado tanto tiempo. Después de todo, para nosotros… ¿Qué es un año, sino un número más en el calendario?

Estamos hechos de momentos. De cartas. De promesas. De retos. De complicidades ensoñadas. Y fuiste perfecto mientras existías. ¿Seguiste escribiéndome sin que yo lo supiera? ¿Seguiste mirando los cielos espumados de tus explanadas extranjeras pensando en las tierras salvajes del sur? ¿Seguiste mirando los trazos de tus líneas con tu mirada melancólica y tu voz envolvente?

«Escríbeme».

Un año ya de eso, ¿verdad? Y mares y mares de anécdotas, de emociones, de lágrimas, de retos, de descubrimientos, de cambios, de rutinas se acumulan en el borde de mis dedos, en la silueta de mis ojos… esperándote. Te convertiste en un fantasma en cada uno de mis pasos, observando los ojos de otros con los tuyos reflejándose allí, escondidos en un adjetivo desconocido. Y, sin embargo, todavía no me atrevo a reabrir algunas cartas.

Porque fuiste demasiado perfecto para aceptar que quizás no vuelvas. Todo lo que alguna vez quise. Todo lo que alguna vez pensé que sería. ¿Acaso no fui lo suficiente? ¿Acaso fue demasiado dolor? No, te equivocas si piensas que mis recuerdos se convirtieron en ideales fantasías, porque junto a tu sonrisa, tu ingenio desbordante, tu melancolía romántica, tu desdén burlesco, tu cultura combatiente, tus secretos de bandido, tus tesoros literarios… también fuiste el mentiroso, el temeroso, el desconfiado, el triste, el solitario, el tímido, el decepcionado, el fantasma con demasiadas heridas para acercarse demasiado. 

«Escríbeme».

Podría habértelo ofrecido todo. Pero no tuve ni tengo nada. Tus promesas aun duelen, pero tus huellas permanecen. Tus palabras son eternas. Tu risa es verdadera. Y todo comenzó ―aunque, ¿lo hizo realmente, pequeño fantasma acechador?― aquel doce de septiembre. Ese día conocí lo que era un sorbo de felicidad. Se derramó hasta secarse, pero su sabor permanece en mi boca. Y, como un verdugo con su víctima, solo me das de beber cuando quieres.

¿No te has tardado demasiado? Eso pienso en ocasiones y siento miedo. Miedo por ti. Por mí. Por lo que haya hecho. Miedo porque fui feliz. Miedo porque eres único. Sí, ¿cuántas veces lo dije? Nunca lo creíste, querido incrédulo. Único con tus infaltables defectos y tus incomparables virtudes. No eres un ángel, pero quizás un irresistible demonio revolucionario. Único, porque esa combinación, esa mixtura no la he vuelto a ver. Y, sin embargo, cuántas veces no busqué entre la multitud intentando soñar con que estabas ahí…

«Escríbeme». 

Eres imperfecto, perfectible y perfecto. Herido y sano. Samurái errante en su propio hogar. Escritor con demasiadas letras para ocupar una sola página. Aprendiz con olor a tabaco y sensación a ron. Un muchacho corriente, extraordinario y lejano. Lejano, porque ese doce de septiembre parece que acaba de ocurrir. Solo que esta vez mi sonrisa está empañada de lágrimas. Y mi nostalgia está empapada de la tinta de tu cigarrillo y las cenizas de tu pluma.

Sin embargo, agente multicolor, bipolar asesino heroico, La Agencia continúa trabajando. Lento, con dolores y penurias, con la carga de llevar tu promesa a la sangre de mi vida, pero sin cesar. Porque te enamoraste de una sombra que escribía. Y, aunque algún día, susurres en alguna carta, en algún mensaje tirado al viento que ya el pasado, esa aventura breve, intensa y de días de primavera quedó en tus recuerdos de joven indómito, seguiré escribiendo. Seguiré escribiéndote. Y cada línea, cada personaje y cada título contarán la historia de un fantasma con corazón de gato y fuerza de lobo.

¿Si me arrepiento de algo? No poder ser el bálsamo de tus heridas. No ser la adivina de tus augurios. No ser la cantante de tus versos reprimidos. No poder ser más que yo misma. Lamento que solo podamos ser nosotros mismos, separados en universos diferentes. Nunca creíste que podría deshacerme en gotas de tristeza por ti. Nunca creí que pudieras deshacerte en un poema sonriente por mí. Incrédulos. Por naturaleza. Por aprendizaje. Por historia.

«Escríbeme».

Ahora cerremos los ojos un momento, ¿está bien? Una estación de metro vacía. Una silla ocupada por una silueta. Unas miradas desconocidas que se reconocen sin antes haberse visto. El titubeo. El silencio que se transforma en latidos apresurados, en garganta seca, en preguntas palpitantes. ¿Cómo acabaría esa historia? ¿La chica seguiría su camino? ¿El chico la detendría? ¿El chico se marcharía? ¿Ella lo seguiría? ¿Se quedarían en silencio? ¿Alguien moriría? ¿De miedo, de anhelo, de ilusiones? O quizás se quede solo en utopías… En sonrisas adolescentes en una pantalla en blanco. En ingenuidades de una alma inexperta.

Hay tanto que quiero decir y, sin embargo, las palabras se tropiezan con las memorias y todas caen junto con las promesas y se lastiman en medio de las esperanzas. Quisiera poder llenar mañanas de cuentos sobre la realidad y esperar con el corazón en puño las tuyas. Sufrir, amar y reír como lo que soy. Una chica que ama a un fantasma que vive en el pasado. Y no, no porque seas un recuerdo. ¿Acaso nunca te conté que esta semana cambiamos el horario y ahora estoy una hora en el futuro respecto de ti? Quizás lo susurré en tu oído en mis sueños y no prestaste atención…

«Escríbeme».

¿Cuándo volverás? Encontré una razón en ti para mirar hacia el norte. Para gritar furiosa entre mis letras y entre mis paredes. Para sonreír con los dibujos en blanco y negro. Para suspirar con el silencio y con los dulces susurros de una historia de amor olvidada. Para recordar que incluso el guerrero más fuerte, el escritor más seguro, el poeta más resentido, el vagabundo más indiferente, el jugador más atrevido… también es un chiquillo dulce, temeroso, herido y que pueda llorar tanto como yo con la escena de un durazno en tierras orientales.

Tanto como yo ahora mismo, en medio de la oscuridad de un doce de septiembre.

«Escríbeme». 

¿Lo harías? ¿Una vez más? Vuelve a asomarte. Solo un instante basta para poder volver a probar ese sorbo. Pero tampoco te preocupes. Estás conmigo. Cada vez que escribo. Y cada vez que los detalles del mundo me devuelven tu mirada. Y ahora permíteme, forastero, estar a solas con mis recuerdos. Intentaré responder las implacables preguntas que quedaron envueltas en tus despedidas. Yo te contaré algún día por qué ahora sueño con viajar a Ítaca. Por ahora, seré Penélope y esperaré la llegada de un barco en el horizonte. 

Escribiendo. Quizás mañana tome mi propio barco y persiga al escurridizo e irresistible rey que se perdió un día en los sueños y promesas del mar.

«Escríbeme».

Yo lo seguiré haciendo. Cada día. Queriéndote. Para que nunca puedas olvidarlo.

Susurro: Cada día lentamente

martes, 14 de mayo de 2013

Cada día lentamente.

Tic Tac.

Noticias que se entrecruzan y músculos que se quejan. Eso es un día rutinario de una pobre muñeca de trapo que va de aquí para allá y de acá para allá bajo la lluvia, pensando en el sol bajo el trópico y en la sonrisa de una palabra.

Resuenan los truenos ―nunca mejor dicho en un día de tormenta― y tiembla la piel. Parpadea tres veces, bosteza y revisa todo lo que todavía debe hacer, lo que debe hacerse, lo que se hará, lo que somos y seremos. Busca las palabras en su interior, pero solo brotan sin sentido, como una cédula mal elegida o una risa en un funeral.

Cada día lentamente me canso más, pero no soy Neruda y solo puedo cansarme de sonreír y fruncir el ceño. «Tic tac», sigue diciendo el reloj y la historia comienza a tomar forma, mientras la joven estira su cuerpo y escucha las noticias del país a través de la radio. Siente el dolor en su interior al recordarlo, percibe la esperanza retorciéndose en su interior y sonríe.

―Volvamos a las historias ―susurra ella mientras cierra los ojos. Quiere escribir sobre la justicia, sobre el amor, sobre el sexo ―irónico, ¿verdad?―, sobre la política, sobre el crimen, sobre la oscuridad, sobre la luz, sobre la soledad, sobre la cobardía, sobre los héroes, sobre los villanos, sobre él… Y sobre todos esos personajes justos, románticos, ardientes, políticos, criminales, oscuros, nobles, solitarios, cobardes, heroicos, malvados…

Y sobre él.

Pero cada día lentamente se siente más cansada y todo se acumula en su interior como pilas de carpetas que se multiplican con el paso de los días. En ocasiones, simplemente pareciera que no hay tiempo, aunque, por supuesto, eso es imposible. Las horas también se multiplican. Lo que falta es energía. Lo que falta es motivación. Lo que falta es sangrar. Lo que falta es un grito. Lo que falta es una explosión.

―Volvamos a las historias ―vuelve o vuelvo a decir.

Porque cada día lentamente son ellas las únicas que llevan su aroma y las únicas que la llevarán o me llevarán hacia el más verdadero mundo de todos y que solo está en el interior.

Si me dieras cinco líneas para llamarte...

martes, 29 de enero de 2013

Si me dieras cinco líneas para llamarte empezaría con un saludo, con un susurro, una sonrisa cómplice y misteriosa que solamente tú entenderías, esa que luego se transformaría en una ceja alzada y en un ceño fruncido y que empezaría a tomar la forma de una risa que parpadea y de un "vuelve" que no me atrevo a pensar. Pero ese susurro luego sería un grito que sería también una bofetada y un abrazo y una mirada que atrevesaría tu cuerpo de fantasma.

Un gran precipicio al borde de mis ojos

domingo, 23 de diciembre de 2012


Nota de Autora: Un escrito creado el mes pasado y que, por alguna razón, quedó reposando allí, tímido de salir a la luz.

 ***

Pienso detenidamente en cómo enfrentaré la "hoja en blanco" esta vez. ¿Quizás en una historia? ¿Quizás un relato breve o quizás más largo? ¿Una reflexión? ¿O simplemente palabras y sentimientos sin sentido que solo sirven como un colchón momentáneo? Sé que ya he elegido esta última opción desde el momento en que el sabor amargo y la sensación de desesperanza comienzan a devorarme y a gritar que escriba.

No diré que tiene sentido, porque realmente no es así. Con una sonrisa coloco una canción que no deja de repetirse en mi mente, satisfecha de que, puestos a torturarme con pensamientos inconexos, al menos lo haré bien. Cierro los ojos y dejo que ella me envuelva por completa y quizás, por primera vez en poco y demasiado tiempo, te extraño más de lo puedo hacerlo.

―Muere

Por primera vez, me dejo envolver en ese dolor nebuloso y uno a esa red de neblina tantos otros hilos de aflicción y tristeza. De resignación y humillación, palabras que repito tantas veces que incluso han comenzado a perder su significado. Sonrío y sé que pronto las lágrimas se formarán en mis ojos y apenas murmuro las palabras de la canción.

Suspiro y sigo escribiendo. Nada tiene sentido, pero mañana lo volverá a tener. Hoy es injusto, doloroso, oscuro y quiero que desaparezca conmigo, pero mañana volverá a iluminarse, mañana la justicia volverá a existir, mañana el dolor desaparecerá, mañana querré luchar. Mañana volveré a sentir que existo.

Es siempre exactamente lo mismo. Quizás simplemente estoy cansada hoy. Cansada de ser yo y de sentir que mi alma grita y lucha en un cuerpo que no tiene nada de energía ni voluntad, en una mente fría que no sabe arriesgarse ni quiere hacerlo. O quizás es tan solo otra excusa. Otra de muchas otras. Como bien dice el dicho: "El que quiere algo, busca el medio. El que no, busca excusas". ¿Realmente no quiero? ¿Acaso sé siquiera lo que quiero?

―Siente.

Lo hago. A veces lo olvido, sin duda alguna. Otras veces, me sorprendo de mi propia oscuridad. Y otras pocas... simplemente soy un remolino que acaba de nacer, que parpadea y parece absorberlo absolutamente todo para luego desaparecer. Segundos de completo abismo. Y segundos de desafío, de energía retadora, de gritos de guerra. ¡No necesito que nadie crea en mí! ¡No necesito que nadie me diga quién debo ser! ¡Nadie pondrá una venda sobre los ojos! Un segundo, pienso en ser un fenómeno, un bicho de diez patas que causa lástima. Otro segundo y me siento poderosa con mis diez patas, mis cadenas y mis sueños.

No voy a rendirme. No hoy. Quizás hoy utilicé mi espalda para recibir los golpes de mi propia inseguridad ―de mi propia consciencia―, pero esas heridas sanarán. Quizás hoy llore, pero también sonrío y aprieto los puños y miro al frente. Ya pronto comienzo a sentir el efecto sanador de escribir, de simplemente darme cuenta que los problemas, la cobardía, la imaginación oscura y cada minúscula partícula de dolor se transforman en simples palabras que no pueden tocarme.

No voy a negarlo: siento mucha nostalgia. ¡Y eso que apenas ha pasado tiempo! Quiero y sueño con muchas cosas, pero conozco cuál es mi posición y cuál es mi camino. A veces me siento impaciente y muero porque ese camino vuelva a cruzarse con el suyo, pero entonces recuerdo que eso tomará tiempo. Y que nada que valga la pena es instantáneo.

He comenzado a divagar nuevamente, pero realmente estas palabras no tienen sentido. Quizás algún día, si un rayo me parte la cabeza y me convierto en una auténtica genio, estas entradas animarán a algunos recién iniciados ―como lo soy yo ahora― para seguir adelante. Todos tropezamos con piedras en nuestro camino. Quizás debería cambiar mis gafas para tratar de evitar las mismas piedras de siempre.

―Lucha

Dejo mi mente en blanco por unos segundos y me doy cuenta de que la tristeza continúa allí, enfurruñada porque haya usado la escritura ―infalible la mayoría de las veces― contra ella. Espera una oportunidad para volver a atacarme y no dudo que la tendrá. Y tendré que volver aquí. ¡Suerte que son solo palabras! ¿Imaginas mi terapia fuera torturar vagabundos? Eso sí sería problemático, ¿verdad?

Respiro profundamente y veo cientos de trazos en la pantalla. Letras de dolor transformado en evasión y neblina. Letras que bailan un ritmo que no existen. Letras que también son suyas. Todas lo son. Cada una ella, aunque sea insignificante o inservible, es una forma de recordarle que sigo aquí, que sigo amando, soñando, sufriendo y compitiendo.

Que sigo escribiendo, aunque a veces lo hago solo para sentirlo a mi lado y para aliviar dolores que seguirán allí mientras... siga siendo yo.

―Existe

Meteoritos sobre mi cabeza

jueves, 20 de diciembre de 2012

Sorpresa, emoción, alegría, desagarro del alma en pedacitos de recuerdos y emociones que ni siquiera entiendo. Son palabras apresuradas, un galope enfebrecido, simplemente para decir cosas tan simples. Un vale otro, significa. Un vale otro para mañana, cuando, luego de las lágrimas, las risas y las ilusiones, vuelva a escribir lo que ahora solo imagino. La noche es hermosa hoy. Y mañana. Y la siguiente. Pero hoy, es especialmente hermosa. 

Sé que estás bajo ella también. ¿Respuesta? ¿Acaso la buscas? La tendrás de todas formas. Eso significa un vale para mañana, cuando recuerde que respirar es necesario para la vida. Por ahora, que es tarde y las presiones me obligan a abandonar este momento que es nuestro o solo tuyo o solo mío, te ofrezco este trocito de mi ser que ya has reclamado antes, viajero vivaracho. Pero te llevaré conmigo a mis sueños. Si no amanece el día de mañana (¡Puedes reír, como yo!), no podré saldar la deuda, pero tendremos algo claro: Somos rompedores de reglas.

Estamos vivos. Y caminaremos juntos y separados por el fin del mundo para luego mirar de reojo a los crédulos con una sonrisita que entenderemos al verla. Estamos vivos. Estás ahí. Yo estoy aquí. Y sí hay algo más que quisiera que el viento se llevara hasta las tierras de la revolución. Una lágrima, una sonrisa, un beso, varias bofetadas y un "te amo" que ojalá se convierta en bengala y que guíe parte de tu sendero.

Hasta mañana y hasta siempre. Por cierto, ¿crees que puedan envolver todo eso para regalo?

Letras para dos

viernes, 26 de octubre de 2012



«Ay, mi bien, qué no daría yo por ti,
Por tenerte un segundo, alejados del mundo
Y cerquita de mí» - Shakira

***

Cerré los ojos un momento y recordé otra frase que realmente se aplicaba a esa situación, pero no dejé que realmente llegara a mi conciencia. Solo sabía que estaba allí, en mi mente, circulando como una brisa suave en medio del verano. Parece como si solo hubiese sido ayer que me dijiste que me amabas. Solo ayer cuando comprendí que también lo hacía. Y realmente fue hace tan poco que te marchaste, sin realmente irte… 

Nunca vas a desaparecer, es algo que parece grabado en lo más profundo de mí. Los días avanzan y avanzan y aunque son tan escasos en comparación con el despliegue de semanas, meses y años que hay frente a mis ojos, cerca del horizonte, son pequeños pasos en un camino que recorro con una sonrisa adolorida. 

No sé dónde estarás, lo que harás, lo que pensarás o lo que estés sintiendo. Quizás estés tan solo a mi espalda, aguardando por aparecer. Quizás nunca leas estas letras o las siguientes o las que le siguen a ellas, pero los fantasmas están hechos para ser eternos y para convertirse en compañeros silenciosos y cercanos en la soledad. No mentiré. Ha pasado muy poco y te extraño como nunca, pero la noche sigue siendo acogedora y misteriosa con tu presencia que solo se siente.

Te siento tan cerca con cada letra que aparece en la pantalla y tan lejos cuando realmente recuerdo lo que nos espera. Es extraño, ¿no? La tristeza se asoma, tomada de la mano del dolor, pero es realmente la esperanza quien entra primero. Te siento cerca cada vez que escribo, como si estuvieras, con tu rostro apoyado en mi hombro, con una sonrisa burlona, cínica y adorada mientras lees. No imagino tus ojos, pero sí tu mirada. 

Te contaría de mí, de lo que ha pasado, de las responsabilidades que me han impedido publicar, de los plazos que me han hecho correr para alcanzar a terminar aquellos fanfictions que tan mal decías que me quedaban, de los reconocimientos universitarios, de las historietas nuevas, de las canciones que ahora se han convertido en tu huella, pero… no quiero hacerlo realmente. No hoy, ni ahora. Solo quiero una noche solitaria a tu lado. Una noche con tu fantasma, en donde simplemente sienta el estremecer de tu sonrisa y alcance a acariciar tu mejilla que no está aquí.

Quizás todavía no estoy lista para escribirte como un fantasma reincidente. Pero ya lo estaré, porque escribir es lo que más me une a ti, porque siento que en las letras hay un trozo de tu alma, de tu miedo, de tu valor, de tu sinceridad, de tus mentiras, de tu amor, de tu odio, de tu lucha, de tu corazón fatigado, tu fuego encenizado, tu intensidad, tu contradicción, tu obsesión, tu psicopatía, tu cercanía, tu lejanía… tú.

Y por eso hoy amo escribir más que nunca, aunque también se tiña de una tristeza, una esperanza y una congoja que solo conocerán la luz a través de pequeñas gotas de tinta. Quizás no sea necesario decirlo, pero… Te amo, ¿lo sabes? Sé que lo sabes. Solo no lo olvides.

¿Alguien dijo "final"?

sábado, 20 de octubre de 2012



«Terapias de papel y tinta.
Si la vida es pasajera, mis palabras infinitas» ― Xhelazz.

***

Estaba soleado y era bastante temprano en la mañana. Aunque era otra coincidencia más, hoy simplemente estaba soleado, mientras que ayer estaba nublado. Simple, a decir verdad. Distinguí la silueta de Durk con los brazos cruzados en el rincón junto a la cama y sonreí.

―No pudiste decir “Te lo dije” ¿eh? ―murmuré con una expresión irónica.

―De hecho, creo que todavía puedo. Se fue, ¿no? Ilusión rota. “Te lo dije”. 

Negué con la cabeza y mantuve mi sonrisa en el rostro. Sabía que mi optimismo le irritaría y, aunque molestarlo no era precisamente uno de mis pasatiempos favoritos, en aquel momento me provocaba una extraña satisfacción el poder torearlo y no darle en el gusto. Había hecho bien en no aparecer ayer ―lo que en sí era extravagante―, pero seguramente Azmod había impedido que viniera a echarme en cara mis errores.

―Nada ha cambiado ―afirmé con un tono cantarín que sabía que lo enfurecería. En efecto, su expresión de incredulidad, desconcierto e indignación no se hizo esperar y sus rasgos delgados y enjutos parecieron una mezcla de emociones contradictorias y divertidas. ―¿Qué? ¡Pero si es verdad!

―Estás sola como rata ―escupió. Alcé una ceja y lo imité, cruzándome de brazos también―. Se fue. Se acabó. Ahora deprímete.

Solté una carcajada y noté cómo Azmod, aparecido de Azar sabía dónde, le daba un manotazo a su compañero, quien no se tomó más que unos segundos para devólverselo. Como siempre, se enzarzaron en una pelea que ahora me enternecía y fastidiaba en la misma proporción. «Durk tenía razón», pensé a mi pesar, pese a que seguía sonriendo. «Y yo también». 

―¿Estás bien? ―preguntó el fantasma más gordito, una vez que logró zafarse del agarre de su compañero de pelea―. ¿Estás segura? Igual él tenía algo de razón… ―aventuró con cierta timidez.

―Tener razón no frena a nadie de opinar lo contrario. ―Le guiñé un ojo luego de pronunciar esa cita y volví a tirarme en la cama, sintiendo la sangre liviana y el espíritu intacto―. Si observaran con más cuidado, verían que realmente nada ha cambiado. ―Me encogí de hombros―. No para mí.

Me quedé en silencio unos momentos, mientras ellos discutían sobre la falsedad o inteligencia de mis palabras. Las cosas habían girado bastante en tan solo pocas horas. De un latigazo al bálsamo. Cuestioné el efecto de ese bálsamo, pero no tenía demasiado sentido. Reconocí para mí misma que extrañaría el efecto abrumador y furioso de un mensaje; extrañaría ese golpe y ese dolor pegajoso, sin duda. 

«Pero nada más». Estaba acostumbrada a tener fantasmas a mi alrededor, no sería problema mantener a otro más en mis pensamientos. Aquello era casi un desafío, un reto implícito, una promesa colérica, una apuesta sin recompensa. «¿Así que desaparecido? Siga participando». Incluso de todo aquello había surgido una idea: algo retorcida, extraña y sin silueta definida, pero una idea al fin y al cabo. El tiempo parecía ser el enemigo de aquella batalla y el número que fastidiaba la ecuación, pero solo era cuestión de afilar las espadas y de tener una calculadora a mano. 

«Gana quien olvida último. ¿Estás listo?» Yo lo estaba. Parpadeé un par de veces y noté que ambos fantasmas continuaban inmersos en su discusión, aunque ya no estaba segura de a qué se refería.
―Él no se lo merece, ¿sabes? ―comentó Durk con cierto resentimiento.

―Me permito disentir ―dije con pomposidad, burlándome de su seriedad―. Amigo, aquí tienes dos opciones: o aceptar la situación o continuar quejándote y amargándote sin sentido. Tú eliges. ―Dirigí luego mi vista a Azmod que parecía bastante complacido―. Gracias por todo. Mantén al perro con la correa ¿vale?

―¡No soy ningún perro!

―Claro que lo eres… ¡Yo me encargo, ya verás!

―¿Y qué vas a hacer ahora? ―preguntó Durk, mirando con desconfianza a su compañero.

―¡Menuda pregunta! Escribir, por supuesto. Tengo mucho que hacer. 

―¿Y no vas a… no lo sé… pensar? ¿Reflexionar? ¿Ver qué harás?

―Ya lo decidí: escribiré. 

―Pero…

―Durk. ―Le hice señas para que se acercara. El estilizado y altivo fantasma se volvió a cruzar de brazos, pero se aproximó a regañadientes, murmurando palabrotas entre dientes―. Esto empezó de un modo, continuará de un modo y terminará, espero que en muchos años más, del mismo modo. ―Él resopló y Azmod volvió a darle un manotazo―. Y se te olvida algo importante… ―lo miré fijamente a sus ojos grises y pálidos―, él se enamoró de alguien que escribía. 

Separé un poco las manos al terminar con ese pequeño discurso, como si hubiera hecho un truco de magia. Durk simplemente rodó los ojos e hizo el mismo gesto, murmurando que si quería hacer tonterías como esa, era libre después de todo. Se marchó echando humos, pero estaba segura de que no tardaría más de media hora de volver, con alguna nueva queja o reproche o con argumentos más elaborados y rebuscados para convencerme de abandonar sueños e ilusiones sin contenido.

Estaba seguro de que El Fantasma quizás concordara con la postura radical de Durk. Se había marchado, había echado los dados y seguramente me hubiera reprendido por esta sonrisa soñadora e inútil y por la apuesta inexistente que se arrinconaba en mi interior. Lo bueno era que él jamás se enteraría o que, al menos, no podía hacer absolutamente nada al respecto. Mis sonrisas y mis lágrimas eran mías. Eran para él, pero no suyas. Derecho de propiedad absoluto. El uso, goce y disposición de ellas dependía absolutamente de mí. «Es difícil construir relaciones estables, lo nuestro es construir frases», canturreé a Xhelazz en mi mente con complacencia. ¿Qué más daba si los sueños terminaban por romperse? ¿Qué más daba si “algún día” terminaba por disolverse? El hoy continuaba existiendo, el mañana aún no llegaba. Soñar era peligroso, ¿qué tal un poco de peligro en la vida de una chica rutinaria?

―Quien te entiende ―bromeó Azmod, apoyando su ancha y fantasmagórica silueta en la silla junto a la ventana―. Estás jugando con fuego, ¿lo sabías? 

―Juro solemnemente que estoy dispuesta a quemarme luego ―retruqué sin hacer caso de su seriedad―. ¿Estás seguro de que Durk no te convenció? ―Alcé una ceja ante su expresión de indignación.

―¡Claro que no! Solo quiero lo mejor para ti. 

―Esto es lo mejor. No voy a rendirme así como así. Me quedaré con mi dolor y mi esperanza. ¿Estamos? 

―Trato hecho. ―Sonrió, aunque poco convencido―. Deberías empezar a escribir, ¿no? Necesitas ejercitar esos dedos. Demuéstrale que seguirás corriendo. 

«Estoy segura de que él lo sabe». Los proyectos se arremolinaban en mi mente, así como las emociones. Me sentía más viva que nunca antes, aunque estaba seguro que eso podría cambiar muy pronto. Nada había cambiado y todo había cambiado. Cada tristeza, alegría, esperanza y cólera ahora golpeaban mi corazón con la forma de una palabra. Ese buen humor no me duraría demasiado, podía asegurarlo.

Mis pensamientos eran erráticos y vagos y, a la vez, firmes y sólidos. Me burlé de mí misma y negué con la cabeza. Nada de eso tenía demasiado sentido. ¿A qué venía pensar tanto, cuando lo único que debía hacer era sentir y poner manos a la obra?  Era una niña ilusionada y tanto Durk como El Fantasma ―incluso Azmod― estaban esperando a que creciera y los olvidara. Qué ingenuos. 

―Nuevamente, la carrera continúa ―susurré por lo bajo―. Siempre será en tu honor. 

«¿Cuándo fue que los fantasmas se convirtieron en algo tan importante?», me reí por lo bajo cuando las palabras comenzaron a tomar formas y mi corazón comenzó a acompañar el golpeteo de las teclas con sus propios golpes. «En lo que respecta a mí, los fantasmas son reales y no desaparecen». 

¿No te jode? Solo me inquietaba esa fría y maliciosa zorra ―Miss Culpabilidad― que siempre acechaba en los rincones de los corazones de los hombres. Sacudí un poco la cabeza, tratando de apartar esos pensamientos por ahora. Alea jacta est. Ahora… ¿dónde había dejado ese relato?

Desafíos

martes, 7 de agosto de 2012

Esto realmente es una clase de desafío personal: escribir, escribir, escribir. Es gracioso, porque hace unos años ni siquiera habría sido un desafío realmente, sino un hábito. O más que un hábito, una obsesión bastante extraña que me traía paz. No obstante, ahora todo ha cambiado radicalmente.

No sé si fui yo la que cambió, las circunstancias o... precisamente fue que nada cambió y eso fue lo que detonó el caos. Porque evidentemente uno no puede pretender crecer y desarrollarse si todo sigue exactamente igual. Tal vez muchos no lo entiendan, pero yo sí sé lo que significa que las cosas se estanquen a extremos dolorosos, de esa forma que te hace desear gritar y romper el tejido de la realidad, pero que, al final, solo te deja en una estado de angustia y desesperanza. Como fuera, este es un compromiso. Siempre hago esta clase de cosas: comprometerme a hacer cosas que luego dejo con un mental "bah, otro día será" que no solo trae vergüenza y humillación a mi mente, sino que también una profunda culpabilidad.

Sé quién soy y sé lo que quiero. El problema es que quiero varias cosas y cada una de esas cosas ―muy importantes― lucha en mi interior por el dominio, como fieros guerreros que pelearan por el liderazgo de una tribu. Son fuertes y fieros y nada los detendrá hasta vencer a sus enemigos; el problema está en que que ninguno es lo suficientemente fuerte para derrotar a su rival. Tampoco ninguno es lo suficientemente humilde como para retroceder un paso atrás. Y tampoco sé cuál quiero que sea el triunfador.

Quizás el problema es que no quiero dar esa respuesta.

Quizás es porque no la sé simplemente.

O quizás es porque no puede haber un vencedor, ya que todos lo son. Así de sencillo.

Hay dudas, por supuesto. Pero también hay cadenas acarameladas, promesas de queso, sueños de aluminio y ojos de cristal. Hay papel y motivos. Especialmente motivos. Motivos que enciende esa llama de hielo que está en mi interior y, como la llama olímpica, muy de moda, parece arder cada cierto tiempo para luego volverse a apagar. Al menos no es cada cuatro años ¿eh? Eso sí que sería terrible.

Pero tengo esos motivos. Entonces, ¿por qué no aprovecharlo todo? Hay limitaciones, sí. Millones de ellas y probablemente muchas más de las que otros sufren. Muchísimas más, porque... ¿qué clase de escritor puede vivir sin sentir o vivir? Eso es simplemente ridículo para la mayoría, pero yo les enseñaré. Les enseñaré que aún viviendo como prisionera, aún sintiendome como una rata en las alcantarillas de una casa cómoda, aun sin ser capaz de creer en mí misma... lograré triunfar.

El triunfo, después de todo, es subjetivo. Bastará con la disciplina. Bastará con las ganas. Bastará con que la llama se encienda nuevamente. Bastará con que todo vuelva a su cauce natural, a cómo debió ser siempre. Nuevas cosas han aparecido en un horizonte demasiado pequeño: cosas hermosas, desconocidas, brillantes, que distraen mi alma y la hacen amar cosas que jamás alcanzará. Dejaré que mi alma se recree en esa belleza incomprendida e infantil, profunda y adulta, de trazos limpios y violentos. Pero ese descanso traerá trabajo.

Esta es mi promesa. Escribir. Escribir. Escribir. Nada más que eso. Poner todos mis esfuerzos en ello. Sé que soy buena para plantearme desafíos y no tanto para cunmplirlos, pero si no sigo intentando... ¿qué más queda? Es solo cosa de continuar en ese ciclo de tratar y abandonar, hasta que deje de abandonar. Suena simple en realidad.

Y ya te contaré cómo me va ¿vale?
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